DICIEMBRE Y LA POLÍTICA QUE NOS FALTA
- Andres Saavedra
- 14 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Por: Andrés Saavedra
Diciembre siempre llega con ese extraño hechizo, de un momento a otro, parece que el ánimo colectivo se eleva. Sombras largas de nostalgia, luces, reencuentros y una sensación de calidez rodean a la sociedad. Desde la psicología sabemos que las festividades, especialmente en diciembre, tienden a activar emociones positivas, reforzar vínculos sociales y hasta liberar neurotransmisores asociados al bienestar como la dopamina. Estudios han mostrado que la nostalgia y las tradiciones propias de estas fechas —las comidas familiares, los encuentros con amigos, la música y las luces— pueden mejorar el estado de ánimo y hacer que las personas se sientan más conectadas, menos solas y, en general, más satisfechas consigo mismas y con su entorno.
A nivel psicológico existe incluso algo llamado “holiday effect”, donde la percepción de felicidad y satisfacción personal suele aumentar durante periodos festivos, al tiempo que las relaciones interpersonales se viven con mayor intensidad. Las personas tienden a recordar recuerdos felices del pasado, lo que refuerza su sentido de pertenencia y sentido de comunidad.
En Colombia, diciembre se siente como una inyección de alegría extra. No importa si la temperatura baja o si el bolsillo aprieta un poco más de lo deseado: las calles se llenan de color, los villancicos resuenan y el abrazo de conocidos y vecinos parece más cálido y sincero que en otros meses. Es como si diciembre nos recordara lo que realmente importa, la compañía, el reencuentro y la solidaridad.
Esa energía colectiva, que parece brotar espontáneamente en cada barrio, plaza o reunión familiar, nos muestra que somos capaces de expresar afecto y cercanía incluso en medio de dificultades. Nos recuerda que nuestra cultura tiene raíces profundas en la comunidad y en la celebración compartida, y nos maravilla ver cómo ese sentimiento supera diferencias cotidianas.
Sin embargo, esa alegría, aunque poderosa, es efímera. El primero de enero todo vuelve a la “normalidad”, como si hubiésemos guardado la empatía y la cercanía en una caja hasta el próximo diciembre. Y en política sucede algo similar: nos inspiramos momentáneamente con discursos de unidad y de cambio, pero pronto volvemos a la polarización, a los egos personales, a la desconfianza.
Imaginemos por un momento que pudiésemos llevar ese espíritu de diciembre al resto del año. ¿Qué pasaría si en lugar de ver la colaboración como una excepción temporal la viéramos como la norma? Si en cada ámbito —comunitario, institucional y político— priorizáramos la armonía, la empatía y la responsabilidad colectiva por sobre las rivalidades y los intereses particulares. ¿Seríamos un país con mayor cohesión social? ¿Tendríamos un suroccidente colombiano más fuerte, con liderazgos que impulsen progreso real y no solo titulares vacíos?
La filosofía de la felicidad nos enseña que las experiencias positivas están relacionadas, no solo con el entorno externo, sino con nuestra percepción y nuestras relaciones con los demás. La psicología positiva sugiere que emociones como la gratitud, el reconocimiento y la entrega hacia los demás —componentes tan visibles en diciembre— son fundamentales para la satisfacción con la vida, y que cultivarlas de manera constante puede traer bienestar duradero.
Si pudiésemos trasladar ese ánimo de diciembre a nuestra vida pública y política, probablemente tendríamos una sociedad más empática y un Estado más sensible a las necesidades reales de la gente. La política, en su mejor versión, debería ser un servicio al bien común, no un escenario de confrontación constante. Necesitamos liderazgos que inspiren cooperación, que prioricen la verdad y el diálogo, y que construyan sobre la fuerza de la comunidad, no sobre la división.
Diciembre nos regala, cada año, un recordatorio de lo que podemos ser: seres sociales que se cuidan, que se reúnen y que celebran la vida. Si logramos que esa actitud no se guarde en un baúl hasta el siguiente diciembre, sino que se convierta en un estilo de vida —y de gobernar—, podemos construir una Colombia y un suroccidente donde la felicidad no sea un espejismo estacional, sino una realidad permanente.



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