NO RENDIRNOS COMO PAÍS
- Andres Saavedra
- hace 5 días
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Por: Andrés Saavedra
El inicio de un nuevo año siempre llega cargado de simbolismos. Para muchos, enero representa un borrón y cuenta nueva: nuevos propósitos, metas renovadas, promesas que se repiten como un ritual colectivo. Es un momento en el que la esperanza parece respirar con más fuerza y el optimismo se cuela incluso en los corazones más escépticos. Sin embargo, con el paso de las semanas, esa intención inicial suele diluirse. No porque las metas no sean valiosas, sino porque la intención, por sí sola, rara vez es suficiente.
Ahí aparece un concepto que solemos subestimar: la constancia. La verdadera diferencia entre un deseo pasajero y un cambio real no está en lo que se promete el primero de enero, sino en lo que se sostiene cuando el entusiasmo se agota. La constancia no hace ruido, no se anuncia ni se exhibe. Simplemente permanece. Y es precisamente esa permanencia la que transforma realidades.
En lo personal, la constancia permite que un proyecto de vida avance, que una familia se fortalezca, que un sueño no termine archivado en el cajón de las frustraciones. Pero esa misma lógica aplica para las sociedades. Los países no se transforman con discursos inspiradores ni con anuncios grandilocuentes; se transforman con decisiones sostenidas, con políticas coherentes en el tiempo y con ciudadanos que no renuncian a exigir y a construir.
En el sur occidente colombiano, esta reflexión resulta aún más urgente. Nuestra región ha vivido años complejos, marcados por la inseguridad, la desconfianza institucional y promesas que rara vez se materializan. Aun así, aquí seguimos. Persistimos. Y eso, por sí solo, ya es una señal de esperanza.
Pero resistir no basta. Necesitamos avanzar. Necesitamos victorias tempranas, pequeñas pero reales, que nos devuelvan la confianza en que el progreso es posible cuando hay voluntad, continuidad y responsabilidad. La esperanza, para que sea útil, no puede ser ingenua ni conformista.
Debe ser una esperanza activa.Una esperanza que exige mejores condiciones de seguridad, que reclama inversión real en infraestructura, educación y empleo, y que no se deja seducir por soluciones mágicas ni atajos fáciles. Una esperanza que entiende que el futuro no se hereda: se construye. Y se construye paso a paso, incluso cuando el contexto no acompaña.
Como país, Colombia necesita recuperar la fe en sí misma. No una fe ciega, sino una fe crítica, responsable y comprometida. Una fe que no se apague ante la primera dificultad ni se rinda frente al primer obstáculo. Por el contrario, una fe que se fortalezca con la convicción de que los cambios estructurales toman tiempo, pero llegan cuando hay perseverancia social y liderazgo serio.
Este nuevo año —y el momento político que se aproxima— nos invita a algo más profundo que formular propósitos. Nos invita a sostenerlos. A no abandonar la meta común de un país más seguro, más justo y con oportunidades reales para todos. Eso implica algo concreto:exigir coherencia, respaldar procesos que miren más allá del corto plazo, no normalizar la improvisación y asumir, como ciudadanía, que la transformación también es una tarea diaria.
Que el 2026 no sea solo el año de las buenas intenciones, sino el año en que decidimos no rendirnos. Porque cuando la constancia se convierte en hábito colectivo, la esperanza deja de ser un deseo y empieza a convertirse en realidad. Y ese, sin duda, es el mejor punto de partida para cualquier país que quiera salir adelante.



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