No faltan líderes, sobran chequeras.
- Andres Saavedra
- 18 ene
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Por: Andrés Saavedra
En Colombia se ha ido normalizando, casi sin escándalo, una relación rota entre la política y los liderazgos sociales. Una relación atravesada por la desconfianza, el cálculo y una idea peligrosa: que todo tiene precio. Hoy la política parece menos un espacio de ideas y más un mercado donde se compran lealtades, se venden avales y se negocian silencios.
En ese mercado, los principios estorban. El honor no suma. La coherencia no cotiza. Importa más cuánto se pone sobre la mesa, a quién se conoce y qué favor se debe, que la trayectoria, el trabajo comunitario o la vocación de servicio. Así, lo que debería ser construcción colectiva termina reducido a una transacción fría, donde la chequera pesa más que la causa.
Esta lógica no solo degrada a los partidos y movimientos. También rompe algo más profundo: la confianza. Porque cuando los líderes entienden que todo es negocio y los ciudadanos sienten que nada es genuino, la democracia se vacía. Quedan las elecciones, los discursos y las banderas, pero desaparece el sentido. Una democracia sin confianza es solo una puesta en escena.
Los más golpeados por este sistema son los jóvenes. Quienes han trabajado en barrios, universidades y organizaciones sociales chocan con un muro invisible pero eficaz: clientelismo, favoritismos y puertas que solo se abren para quien tiene recursos o padrinos. Muchos se frustran, se cansan o se van. Y así, el relevo político no llega porque no lo dejan entrar.
Pero este problema no se sostiene solo desde arriba. También se alimenta desde abajo. Cada atajo que aceptamos, cada incoherencia que justificamos, cada silencio que compramos, fortalece ese sistema. Normalizar lo indebido es una forma silenciosa de corrupción. Y cada vez que lo hacemos, debilitamos un poco más la democracia.
Cambiar este rumbo exige un quiebre real. Un nuevo chip donde el mérito vuelva a importar, donde la transparencia no sea un discurso sino una práctica y donde los liderazgos jóvenes tengan espacio sin tener que hipotecar sus principios. Recuperar la política no es romantizarla: es devolverle su propósito original, servir y no servirse.
Colombia no está llegando a este punto: lleva décadas instalada en una política clientelista que se recicla, se maquilla y se adapta a los tiempos. El costo ya lo estamos pagando: desconfianza, apatía, liderazgos frustrados y una democracia que muchos sienten ajena. Recuperarla no será rápido ni cómodo, pero seguir normalizando la compra y venta de la política solo garantiza una cosa: que el poder siga en manos de los mismos, mientras el país cree que elige. Cambiar de decisión es decirle sí, al futuro de Colombia.



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